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Día de Muertos: por qué en México la muerte llega con flores, azúcar y una Catrina muy elegante

  • Foto del escritor: Mila B.
    Mila B.
  • hace 2 días
  • 7 min de lectura

Si a finales de octubre alguien en México te regala una calaverita de azúcar llena de colores y descubre que en la frente lleva escrito tu propio nombre, no hay motivo para preocuparte. Nadie está tratando de mandarte una amenaza escondida. Lo más probable es que simplemente acabes de entrar en una broma profundamente mexicana, una de esas que consigue ser dulce, divertida y al mismo tiempo bastante seria sobre una verdad que compartimos todos: por muy importantes que nos sintamos hoy, al final la historia termina de la misma manera. Tal vez por eso una pequeña calaverita sea el mejor lugar para empezar a entender el Día de Muertos, porque resume algo muy particular de esta tradición: aquí la muerte no siempre se esconde detrás de una puerta cerrada. Se puede hablar de ella, dibujarla, convertirla en azúcar, vestirla con un sombrero espectacular, hacerle bromas y, esa misma noche, colocar con muchísimo cariño en una ofrenda la fotografía de una persona cuya ausencia todavía duele.

Para entender cómo llegaron a convivir de una manera tan natural el humor y el duelo hay que retroceder mucho más allá del México colonial. Mucho antes de la llegada de los españoles, los pueblos mesoamericanos ya tenían ideas muy complejas sobre la muerte, los ancestros y aquello que ocurría después de terminar la vida física, y esas ideas eran bastante distintas al esquema europeo de cielo e infierno que solemos imaginar. Entre los pueblos nahuas, incluidos los mexicas, el destino después de morir dependía en buena medida de las circunstancias de la muerte y no simplemente de una evaluación moral sobre si alguien había sido una persona “buena” o “mala”. Algunas muertes estaban relacionadas con el Sol, otras podían conducir al Tlalocan, vinculado con Tláloc, mientras que muchas personas que morían de causas comunes iniciaban el camino hacia el Mictlán, el mundo de los muertos.

Y llegar al Mictlán no era precisamente algo instantáneo. De acuerdo con tradiciones nahuas registradas en fuentes históricas, el muerto debía atravesar nueve niveles y el viaje podía prolongarse durante cuatro años. Había obstáculos que superar y uno de los seres asociados con la ayuda durante ese camino era el xoloitzcuintle, el famoso perro mexicano sin pelo. Hoy el xolo puede parecernos una raza exótica y elegantísima, pero en ciertos contextos funerarios mesoamericanos tenía un trabajo bastante más serio: los perros y sus representaciones aparecen vinculados con la idea de acompañar a los muertos durante su tránsito. Cuando uno conoce esta historia, empieza a entender algo fundamental de aquella visión del mundo. Morir no significaba simplemente desaparecer; podía significar comenzar un viaje, y para un viaje podían hacer falta agua, comida, objetos y ayuda. Siglos después, cuando vemos precisamente agua, alimentos y pertenencias personales sobre una ofrenda, es imposible no percibir la resonancia de esas antiguas formas de relacionarse con los muertos, aunque sería demasiado simplista afirmar que cada elemento actual proviene directamente de un ritual mexica específico.

También sería incorrecto repetir esa versión turística tan cómoda que presenta el Día de Muertos actual como una fiesta azteca que simplemente sobrevivió intacta hasta nuestros días y que casualmente siempre se celebró el 1 y 2 de noviembre. Los pueblos prehispánicos sí tenían ceremonias, ofrendas y celebraciones relacionadas con sus muertos, pero utilizaban otros calendarios y las prácticas eran distintas. Las fechas que hoy asociamos con el Día de Muertos llegaron con la tradición católica de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Lo verdaderamente fascinante sucedió después, porque el cristianismo llegó a sociedades donde ya existían maneras muy elaboradas de pensar a los muertos, ofrecerles alimentos y mantener una relación con los antepasados. Una tradición no borró sencillamente a la otra. Durante siglos se encontraron, se modificaron mutuamente y poco a poco produjeron algo que ya no podía considerarse completamente indígena ni completamente europeo. Se volvió mexicano.

Algo parecido ocurrió con las calaveritas de azúcar. La imagen del cráneo tenía una presencia enorme en la Mesoamérica prehispánica; basta recordar los tzompantli, estructuras rituales donde se exhibían cráneos humanos. Sin embargo, los mexicas no fabricaban calaveras de azúcar. La tradición del alfeñique llegó a la Nueva España a través del mundo europeo y, una vez aquí, el oficio de moldear figuras con pasta de azúcar se encontró con una cultura donde la imagen de la calavera ya poseía una enorme fuerza simbólica. De ese encuentro nació un objeto casi perfecto para explicar el sincretismo mexicano: azúcar de tradición colonial convertida en una calavera alegremente decorada. Y lo mejor es que el nombre escrito en la frente no tiene que pertenecer a una persona fallecida. Es completamente normal regalarle una calaverita a alguien vivo con su propio nombre, convirtiendo el dulce en una especie de memento mori juguetón: aquí está tu pequeña muerte de azúcar; ahora cómetela y sigue disfrutando la vida.

Esa misma capacidad de incorporar la muerte al lenguaje cotidiano aparece también en las calaveritas literarias, versos satíricos y juguetones en los que la Muerte viene por personas que todavía están perfectamente vivas: políticos, amigos, personajes públicos o cualquier otra víctima del sentido del humor del autor. Pueden ser irreverentes, mordaces y muy divertidas, y muestran algo importante sobre el humor mexicano alrededor de la mortalidad. Reírse de la muerte no significa que la pérdida duela menos. Significa simplemente que la muerte no tiene el monopolio sobre la forma en que podemos hablar de ella.

Ningún personaje representa mejor esa conversación que La Catrina, la mujer esqueleto elegantísima que hoy parece tan inseparable del Día de Muertos que muchas personas extranjeras asumen que debe tratarse de alguna antigua diosa prehispánica. No lo es. La Catrina tiene poco más de un siglo y comenzó su historia como una sátira social. A principios del siglo XX, el grabador mexicano José Guadalupe Posada creó la imagen de la Calavera Garbancera, básicamente un cráneo femenino con un enorme sombrero de estilo europeo. Todavía no tenía el vestido espectacular ni siquiera el cuerpo completo que hoy asociamos con ella. Posada se burlaba de la pretensión social y, en particular, de quienes querían aparentar formar parte de una élite europea mientras se alejaban de sus propias raíces indígenas o mexicanas. Uno podía ponerse el sombrero importado más elegante, pretender pertenecer a otra clase social y construir toda una personalidad alrededor de esa apariencia, pero debajo del sombrero seguía estando exactamente la misma calavera.

Décadas después, Diego Rivera retomó esa figura y le dio gran parte de la apariencia con la que hoy la conocemos. En su mural de 1947, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, le dio un cuerpo completo, la vistió como una dama de sociedad y la colocó junto a Posada y a una versión infantil del propio Rivera. Aquella caricatura terminó convirtiéndose en La Catrina, uno de los símbolos mexicanos más reconocibles del mundo. Y cuando uno conoce su origen deja de verla simplemente como una bonita “señora de los muertos”. Catrina no solo nos recuerda que todos vamos a morir; también se ríe un poco de la enorme energía que gastamos mientras estamos vivos tratando de demostrar nuestro dinero, nuestra posición o nuestra importancia. Debajo de un vestido costosísimo, la anatomía sigue siendo bastante democrática.

Con todas estas historias en mente, la ofrenda moderna también empieza a verse de otra manera. Desde fuera puede parecer una composición preciosa de velas, flores y fotografías, pero una ofrenda familiar se parece mucho más a una biografía contada mediante objetos. Hay elementos reconocibles como las veladoras, el agua, el pan de muerto, el papel picado, el cempasúchil, en algunas ocasiones copal, imágenes religiosas y calaveritas, pero la parte más íntima empieza cuando se termina la lista estándar. Puede aparecer la Coca-Cola favorita del abuelo, café, mole, tequila, cigarros, un dulce, un instrumento musical, un juguete o cualquier objeto aparentemente insignificante que para un desconocido no significaría absolutamente nada y que dentro de la familia despierta inmediatamente una historia. Una buena ofrenda no cuenta tanto cómo murió una persona como cómo vivió.

El cempasúchil, con ese naranja tan intenso que a finales de octubre parece cambiar por completo el color de muchos mercados y calles mexicanas, se convirtió en uno de los elementos más visibles de esa memoria. Sus pétalos aparecen sobre las ofrendas y a veces forman caminos, mientras que su aroma y su color se asocian tradicionalmente con la guía de las ánimas hacia el altar. Las velas iluminan, el agua espera al viajero, la comida está preparada y, por unos días, una familia hace exactamente lo contrario de esconder la muerte: coloca el recuerdo en el centro de la casa.

Tal vez por eso el Día de Muertos impresiona tanto cuando uno deja de mirarlo únicamente como una celebración fotogénica. El México contemporáneo le ha sumado enormes ofrendas públicas, desfiles, conciertos, concursos, maquillajes espectaculares de Catrina, festivales e imágenes perfectas para Instagram, y nada de eso significa necesariamente que la tradición haya dejado de ser auténtica. Las culturas vivas cambian porque las personas que las mantienen vivas también cambian. Sin embargo, debajo de todo ese espectáculo continúa existiendo una escena sorprendentemente sencilla: una familia saca la fotografía de alguien que ya no está, prepara algo que le gustaba, recuerda sus costumbres, cuenta sus historias a los niños, se ríe de alguna anécdota, quizá también llora y, durante unos días, vuelve a darle un lugar visible entre quienes siguen aquí.

Quizá esa sea la parte más fascinante del Día de Muertos. No es la historia de una sociedad que misteriosamente dejó de tenerle miedo a la muerte y tampoco es un ritual azteca intacto que sobrevivió quinientos años sin cambiar. Es el resultado de una conversación cultural que duró siglos, en la que antiguas ideas mesoamericanas sobre la muerte como tránsito y viaje se encontraron con la tradición católica de recordar a los difuntos, el arte europeo del azúcar se encontró con una antigua simbología del cráneo, una caricatura política de Posada terminó convertida en la elegantísima Catrina y la memoria familiar se transformó en una de las tradiciones más reconocibles de México. Aquí la muerte puede aparecer como un viaje de nueve niveles hacia el Mictlán, como un xolo dispuesto a acompañar al viajero, como una calavera con un sombrero carísimo o como una pequeña figura de azúcar con tu propio nombre escrito en la frente. Pero detrás de todas esas imágenes permanece una idea muchísimo más sencilla: una persona puede morir, pero mientras alguien recuerde lo que le gustaba, siga contando sus historias y continúe pronunciando su nombre, la muerte no consigue borrarla por completo

 
 
 

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